PALMERAS
Las palmeras quedaron mustias, muertas, el picudo. Es tarde de viento, de estrés, de puente, de compras y coches que rugen por escapar. El tráfico siempre con ellas. Las bocinas entorpecen el dar la bienvenida a la noche. Tras los cristales, el cielo ya rosado y las datileras quietas, con sus hojas grises, decaídas, como penachos de ceniza, son testigos de este hormiguero humano. En un tronco estéril, abandonado a la miseria, se alza una enredadera, quiere coronar el espacio vacío de las hojas, quiere reinar. No sé si sabe que nunca alcanzará la elegancia de sus antecesoras. Y así, al observar esta isla ciudadana de palmeras en extinción, pienso en el tiempo que me acompañaron, robustas, verdes y atrevidas, sin la compañía entonces de las raquíticas y estilizadas californianas, tanto estilismo que asustan y sin embargo dan una linda flor.