Entradas

Mostrando entradas de febrero, 2021

NIEBLA

Imagen
  Debe de haber niebla en nuestros ojos al nacer. Horas, días, meses con neblina hasta reconocer el nuevo territorio. No sé qué se siente. No lo recuerdo. No sé quién fui. Tampoco lo sé al despertarme, cuando al preparar el desayuno los sueños aún bullen en mi ser. Mientras mi mano parte el mango, carga la cafetera o exprime la naranja, mi mente hace un esfuerzo para abandonar esa lejanía tan profunda que me absorbe. No es fácil, a veces es muy grata y el ancla no se suelta. No sé tampoco quién soy en ese espacio enigmático. Alguna vez está oscuro, alguna vez. Parece que un hilo de oro me une a él. No sé bien qué hago allí pero suceden hechos importantes y escurridizos. De vez en cuando hay calma y el hilo de oro desaparece. Cuando quiero comprenderlo todo, la neblina aparece de nuevo, si cabe más espesa. Debe de ser la misma que cuando nací. Yo creo que nunca nos la quitamos del todo. Eso creo yo. Esa neblina.

JUDÍAS

Imagen
 Mi abuela por las tardes se sentaba en la puerta de su casa, como se hace en los pueblos. Era verano y los nietos y nietas acudíamos a verla. Cada uno cuando quería, cuando le apetecía. No era algo planeado, era estar jugando por la plaza, descender por la calle Mayor y verla allí en su silla con alguna que otra vecina. Siempre tenía media sonrisa, como cuando uno ya está de acuerdo con la vida, con lo que ha hecho, que ya es mucho, y con lo que vendrá.... porque "es ley de vida". Se estaba a gusto a su lado. Te podía decir de hacerte un jersey, darte un Sugus u ofrecerte un trozo de requesón al horno. Lo guardaba en una nevera preciosa, de esas que ya no existen y que más tarde, cuando se estropeó, hizo de armario. Me dejó muchas cosas mi abuela. El llevarme a la libertad del mar en mi niñez y amarlo para siempre, el suéter rojo con el que me fui a las islas, el azucarero de porcelana que es tocarlo y sentir el aroma de su casa, me dejó las "Judías verdes con ajo picad...

CRECER

Imagen
  Medían el uniforme sobre mi cuerpo, las mangas, la cintura, el largo, el cuello. Mi madre y la modista opinaban. Yo callaba. Me sentía importante a la vez que asustada. Los botones tenían forma de las pepitas de la granada, pero eran azules, azul claro, como la tela. Estaba en la salita de casa con el parabán que tapaba la estufa en verano. Le quedaba poco tiempo de estar oculta. Mi madre a mi lado, preocupándose por mí, yo pequeña. Pronto, en una o dos semanas, iría a la escuela, el colegio de monjas quedaba atrás. Yo no hablaba, me dejaba hacer. Sentía que algo importante iba a comenzar con ese uniforme azul que parecía un vestido, limpio y hermoso. Le sentaba tan bien a mi figura de niña silenciosa, insegura, con ganas de conocer. De momento las manos de mi madre sobre la tela me mostraron la importancia  del paso a dar. ¿Qué me ocurriría? ¿Qué aprendería? ¿Quién era yo? ¿Sería capaz? ¿De qué? La miré, sentí sobre ella un halo de tristeza. Miré los botones, tan hermosos, ...