CRECER
Medían el uniforme sobre mi cuerpo, las mangas, la cintura, el largo, el cuello. Mi madre y la modista opinaban. Yo callaba. Me sentía importante a la vez que asustada. Los botones tenían forma de las pepitas de la granada, pero eran azules, azul claro, como la tela. Estaba en la salita de casa con el parabán que tapaba la estufa en verano. Le quedaba poco tiempo de estar oculta. Mi madre a mi lado, preocupándose por mí, yo pequeña. Pronto, en una o dos semanas, iría a la escuela, el colegio de monjas quedaba atrás. Yo no hablaba, me dejaba hacer. Sentía que algo importante iba a comenzar con ese uniforme azul que parecía un vestido, limpio y hermoso. Le sentaba tan bien a mi figura de niña silenciosa, insegura, con ganas de conocer. De momento las manos de mi madre sobre la tela me mostraron la importancia del paso a dar. ¿Qué me ocurriría? ¿Qué aprendería? ¿Quién era yo? ¿Sería capaz? ¿De qué? La miré, sentí sobre ella un halo de tristeza. Miré los botones, tan hermosos, con su forma de semilla de granada. Tan delicados.

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