PADRE




Es de noche y estoy en un taxi. Va despacio. Alerta miro el camino. ¿Adónde voy? El taxista no tiene rostro ni voz. No son las once, ni las doce, ni la una, deben de ser las cuatro o las cinco de la madrugada. La calle es ancha y está vacía. Todo duerme. Se escucha el silencio.  Aparece de pronto la curva desde la que se ve la casa en la que nací. Mi padre está de pie esperándome en la fachada de al lado, la que da al callejón que lleva al campo, el callejón del viento y de los escalones de piedra, el callejón de los juegos, de las yerbas y las risas, de la inocencia. No sonríe ni esta serio. Solo me espera. Me espera en mi pueblo, su pueblo,  enmedio de la noche, con paciencia, sin frío ni calor, con serenidad.  Es él en su totalidad.  Vestido de color caqui, con su cinturón y sus gafas y su pelo fuerte casi cano. Me despierto de golpe. Me incorporo, enciendo la luz. No sé bien cuál es la realidad.  La razón a veces es cansina. 
La imagen me vuelve días tras día. De pronto encuentro esta foto. Madera para cortar fino y blanco papel de envolver. Mi padre, en su trabajo, siempre utilizó estas rudimentarias reglas en el mostrador, día tras día, año tras año. Los clientes se iban con su medicamento bien envuelto, fuese pequeño o grande, rectangular o cuadrado, Juanolas, esparadrapo o Parches Sor Virginia.. 
El fuego aún no las llama. Las convoco como refugio de realidad y doy mi gratitud a quien las guardó. Objetos sagrados que creamos. Objetos que en un momento dado pueden desaparecer. Y todo está bien porque también hay que soltar. Otro día el título será "desapego". Pero otro día, por favor.



 

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