PAN
Ella recibía siempre con una sonrisa, de esas suaves, estuviese como estuviese la panadería de llena. Desprendía bondad y las prisas no le merodeaban. Un mes antes del 24 de diciembre yo siempre iba a encargarle el pan fresado para hacer las pelotas navideñas típicas de mi pueblo. Eran barras especiales, más grandes de lo normal. Las hacían adrede. Ella me decía "ya vienes a por el pan de todos los años. Ya os reunís la familia para hacer el guiso típico de tu pueblo" Sacaba la libreta apuntaba mi nombre, la cantidad y el peso de las barras, ahí siempre dudábamos las dos porque ella se implicaba hasta el final, el día y la hora de la recogida y también si lo quería con o sin hendidura. Se giraba hacia el horno, donde se veían hombres de blanco con las manos enharinadas, sacaba un poco de genio y preguntaba si ese pedido iba a ser posible. Me gustaba ese momento en que ella se sabía dueña del cotarro.
Cuando iba a por él, siempre con carro, ella me lo entregaba toda orgullosa y me lo ponía en sacas de harina. Un año más el ritual se había completado. Yo avisaba a toda la familia, el pan está comprado, y comenzaban los nervios y la alegría de los preparativos
Las pasadas navidades no hubo pedido, no había nada que celebrar. Estas navidades no sé a quién pediré el pan. Ella se fue. Era joven. No la volveré a ver. No la volveremos a ver en el barrio. Nuestro personaje de todos los días se marchó demasiado pronto. Y entonces pienso que en las pelotas navideñas estaban también sus manos, que el pan llegaba contento envuelto en esa sonrisa a mitad de explotar, en su cariño hacia nuestro ritual familiar.
Al final te das cuenta que todo es una cadena con muchos eslabones. El de ella lo voy a echar de menos cada año, un mes antes de Navidad. Ya veré cómo darle las gracias, aunque no recuerde su nombre, Panadera de paciencia, Panadera de bondad, Panadera sabia que sabe de la fugacidad.

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