MANTEL


 Alguien bordó el mantel. Alguien pintó un amarillo, una mano negra, una túnica. Alguien puso el mantel y se disfrutó en él. Alguien  derramó el vino y alguien informó de cómo lavar el mantel.  Se lavó, frotó y enjuagó más de una vez el mantel, alguien lo hizo y ese alguien lo tendió y lo recogió, lo sintió húmedo y lo colocó bajo ese amarillo, esa mano negra, esa túnica. Allí se quedó toda una noche  el mantel. Y el mantel soñó, soñó con tierras africanas, tan blanco él.  Las jirafas se lo ponían de capa y  las mujeres envolvían su talle con él, los niños lo adornaron con piedras, plásticos y flores y saltaban  con risas a su alrededor, los hombres se hicieron turbantes con la mirada puesta en el horizonte.  En el caos del Merkato el mantel se hizo amigo de chatarra, de zapatos sin suela, de manos ajadas y de las más inverosímiles cuerdas. El mantel descubrió los días de lluvia, el barro, los charcos y olió las reses de un mercado donde una vaca de largos cuernos le comentó al oído que debía volver a su hogar. Y el mantel la obedeció.
La dueña del mantel se levantó por la mañana y lo encontró seco, le pareció que las arrugas estaban de otro modo a como lo dejó. Tonterías, pensó.  El mantel se planchó con amor y se guardó en el cajón de una cómoda color vainilla. Cada vez que ella pasa por delante del mueble le parece oír un sollozo. Tonterías, se dice. Y de pronto piensa.... ¿para cuándo otra comida con amigos?,  no habrá que tardar. Mira el cajón vainilla, le parece que lo cerró bien, despistada soy, se dice. Cierra el cajón y suspira. 
Sus pies se dirigen a sentarse bajo un amarillo, una mano negra, una túnica. El sopor le vence y sólo alcanza a murmurar "alguien tendrá que invitar". Alguien






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