DE DOCE


Estoy en la cola de un supermercado, voy a pagar la compra, llevo carro y dentro unas seis cosas que apenas abultan. Son las 11:55 de un jueves. Se acerca una mujer de unos 65 años, bien vestida, discreta, la espalda un poco encorvada, lleva en la mano una bolsa con tres panecillos blancos prefabricados. Se me acerca con premura, nerviosa levanta la bolsa y me dice "por favor, me deja pasar, no llego a misa de doce", mi mente retrocede en el tiempo y de mi boca sólo sale un "¿a misa?, ¿ha dicho usted a misa?". No me veo el rostro ni escucho el tono de mi voz. Son mis entrañas las que hablan. Sí a misa, responde ella, la de doce. Sólo acierto a decir con afirmación y voz tajante "a misa". La señora creo que se asusta y se acerca a la cola paralela de otra caja. Todos me miran. Veo como la señora que tiene que ir corriendo a misa de doce está pagando ya porque una buena mujer le ha dejado pasar.  Además de los panecillos saca otra cosa,  no se aclara con las monedas y todos esperan. Yo estoy perpleja. La buena mujer me mira y me hace un gesto de impotencia con los hombros. La señora que tiene que ir a misa de doce sale a trompicones por la puerta con la bolsa de los panecillos que se balancea en su mano. 
No sé si llegó a misa de doce y si dio los panecillos a los pobres en la puerta de la iglesia. Sé que luego me fui a por pescado y la pescatera, mujer inteligente, guapa y buena cirujana,  me dijo "esta mañana barriendo la acera me he acordado de tu madre, siempre era la primera". Me emocioné, como siempre. Ella nunca hubiese pedido pasar delante para pagar, era muy digna, lo fue hasta para dejar de ir a misa.  Digna y mucho más.

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