GUANTES

 


Estoy delante de un escaparate, es estrecho y alargado, hay unos maravillosos guantes marrones, la parte de la muñeca está confeccionada con borreguillo. Imagino la nieve. Tienen otro detalle, cada guante lleva dos diminutas borlas.  Alargo la mano, los cojo, el cristal no me lo impide, me los coloco y me quedan perfectos.  Sale la empleada, se dispone a cerrar y comienza a bajar la persiana metálica de la entrada. Quiero indicarle que me los quedo, que por favor me deje entrar a pagarlos. Antes de abrir la boca, se dirige hacia mí, me mira con mucha seguridad y me dice, "lléveselos, no se preocupe de nada". Cierra con decisión y se aleja. Me despierto. Al hacer el desayuno y sentir mis manos entre naranjas, cafetera, pan y tazas recuerdo el sueño. No me deja indiferente. Reconozco en él la sabiduría de comprender que se abren campos nuevos. Que sin darnos cuenta cerramos a veces nuestras manos y no dejamos entrar las semillas que las sobrevuelan. Nos hacemos a una labor y nos creemos que no servimos para otras más. Abramos las manos. Que lluevan los regalos. Sin miedo.  Abrámoslas.


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