La llamé estas Navidades. No debí hacerlo bien del todo. Escaseó en algún momento. ¿Desistir?, no. La deseo y por ello quiero perseverar. Ahora bien, ¿qué funambulista hay maravilloso que camine por estas fechas sin caída alguna? Quiero conocerlo si no es de cartón. Lleva agua la Templanza, agua que transita de un jarro a otro sin desbordarse. Deben de ser años de aprendizaje. O acaso se nace ya con ella, con esa buena mano, sin ningún temblor. ¡Quién sabe! Seguiré llamándola. Tal vez cada día ella quiera conocerme un poco mejor. Y ahora pienso ..¿y si se ha perdido por estas calles de derroche y de redes? Habrá que salvarla entonces. Tal vez la llame desesperada y ni ella misma sepa ya su nombre, se escucha tan poco.....Templanza, Templanza. Avísame si la encuentras y tomamos un café. No la sueltes por favor.
Fue ese azul, blanco, gris, ese casco dolorido que alguien iba a restaurar el que me hizo parar. Pensé en todo el tiempo que ha vivido en el agua. Ahora desnudo, como si esuviese en un quirófano, a la vista de todo el personal, aunque nadie lo miraba. La barca, ralladuras, arañazos, quién sabe si grietas contenian su cuerpo. Me quedé quieta, delante de ella, sentía piedad. Hay instantes mágicos a lo largo del día. A veces los vemos, otras se nos presentan pero nuestra mente nos marea y se esfuman con tristeza. Nosotros pasamos nueve meses en el agua, luego salimos al aire y nuestro cuerpo se curte. Volvemos de vez en cuando a ella, la piscina, el mar, el lago, el río fresco. Una vida paralela a este casco. Cada uno en su entorno. Ambos con señales de días, de años, de subsistencia, pero también con manos amorosas que acariciaron esa madera, que acariciaron nuestra piel y que ahora la miman poco a poco.
¿Qué hay? ¿Dolor, reconocimiento, saberse? Las manos como si fuesen garras, ¿Dónde estoy?¿Quién soy? ¿Solo carne? Me explicaron que en el recogimiento de las manos se esconde aquello que nos solicita nuestro ser, según el lugar, según la posición de ellas en nuestro cuerpo nos consuelan con una palabra u otra, nos alivian un rincón u otro. Recordé las manos de mi abuela en su regazo. A mí me daba paz verlas así. A veces se estiran o se agarrotan para arrancar, aullar aquello que no comprendemos de nuestro dolor, de nuestros nudos interiores, de esa palabra que algunas mujeres han llevado como nombre, angustias. Nuestras queridas manos, ¡saben tanto!.
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