Fue ese azul, blanco, gris, ese casco dolorido que alguien iba a restaurar el que me hizo parar. Pensé en todo el tiempo que ha vivido en el agua. Ahora desnudo, como si esuviese en un quirófano, a la vista de todo el personal, aunque nadie lo miraba. La barca, ralladuras, arañazos, quién sabe si grietas contenian su cuerpo. Me quedé quieta, delante de ella, sentía piedad. Hay instantes mágicos a lo largo del día. A veces los vemos, otras se nos presentan pero nuestra mente nos marea y se esfuman con tristeza. Nosotros pasamos nueve meses en el agua, luego salimos al aire y nuestro cuerpo se curte. Volvemos de vez en cuando a ella, la piscina, el mar, el lago, el río fresco. Una vida paralela a este casco. Cada uno en su entorno. Ambos con señales de días, de años, de subsistencia, pero también con manos amorosas que acariciaron esa madera, que acariciaron nuestra piel y que ahora la miman poco a poco.
¿Qué hay? ¿Dolor, reconocimiento, saberse? Las manos como si fuesen garras, ¿Dónde estoy?¿Quién soy? ¿Solo carne? Me explicaron que en el recogimiento de las manos se esconde aquello que nos solicita nuestro ser, según el lugar, según la posición de ellas en nuestro cuerpo nos consuelan con una palabra u otra, nos alivian un rincón u otro. Recordé las manos de mi abuela en su regazo. A mí me daba paz verlas así. A veces se estiran o se agarrotan para arrancar, aullar aquello que no comprendemos de nuestro dolor, de nuestros nudos interiores, de esa palabra que algunas mujeres han llevado como nombre, angustias. Nuestras queridas manos, ¡saben tanto!.
Calma. Me responde mi hija al preguntarle qué le sugiere esta imagen, "me produce calma". Todo tan frágil. Y a la vez tan limpio y hermoso. ¿Debe de ser así nuestro corazón al nacer? La sombra, difuminada al fondo, se ensancha. Representa tal vez las prisas, el agobio, el no perderse nada de cursos, de cine, de teatro, de viajes, de recitales, de deporte, de series, de estar en una red, en dos o en todas, hacer, hacer, hacer. Mientras la luna nos invita a que miremos si está menguante o llena, el mar nos solicita que escuchemos su rumor o su bravía, el caldo se entristece si lo bebemos rápido, los petalos de alguna flor esperan nuestros delicados dedos para sorprendernos y la montaña desea que percibamos sus olores. ¿Sabrán los niños y niñas de hoy lo que es la calma?
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